Recuperando nuestros espacios emocionales

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No es un secreto que las emociones nos definen como persona pero sí parecen serlo por cómo las ocultamos en muchas ocasiones. Qué provoca que tengamos la convicción que si demostramos nuestras emociones seremos pasto del frenético mundo en que vivimos?.

Una de las causas podría ser, sin duda, la experiencia de un mundo cada vez más frenético y estresante donde las personas se ven, en ocasiones, en la necesidad de asirse a formas de ser que no eran propias de ellas pero que ahora necesitan para poder seguir formando parte de una comunidad intoxicada por una falsa y prejudicial necesidad de sentirse reconocidos e importantes frente a los demás con independencia de las cualidades humanas o profesionales.

El reconocimiento no se compra ni se vende y la importancia es un concepto tan sumamente abstracto que pierde sentido por el simple hecho de pronunciarlo.

Las personas somos todas iguales, no hay personas mejores o peores. Otra cosa es que seamos más o menos capaces los unos que los otros. El hecho de querer ser, a secas, “más importante” que los demás hace que exista un parque móvil de seres humanos que dirigen sus esfuerzos a tintarse de valores que realmente no poseen, de utilizar su posición en ese momento para ejercer un poder irreal o inducirse representatividad por desacreditación de los más capacitados que están a su alrededor.

Estas personas suelen poseer bajas calidades y cualidades humanas y entienden de forma errónea que engañar, presionar o hablar mal de los demás inducirá en un tercero consideración hacia ellos. Esta dinámica basada en la envidia y la incapacidad para demostrarse válidos por cualquier otro medio digno tiene cercana fecha de caducidad. Todos conocemos individuos que hace tiempo que han caducado y aún no lo saben.

Sin embargo y dejando aparte el lado oscuro, cultivarse a si mismo así como buscar la excelencia personal para ser feliz en cualquier ámbito de nuestra vida hace que los demás detecten nuestro valor intrínseco y que no necesitemos esfuerzo alguno para participar de y en cualquier comunidad. Y para ello necesitamos de todo nuestro repositorio de emociones, todas y cada una de ellas son piezas de un puzzle con las que construimos un modelo de vida, nuestra esencia de ser humano.

Y la creatividad se nutre de la fuente de las emociones. Qué creativo no se ha encontrado “a oscuras” o con serias dificultades inspirativas cuando en su cabeza los problemas no dejan espacio para la luz de las ideas.

Esta situación de oscuridad creativa se está dando a diario en la actualidad en decenas de miles de empresas, efecto de la ácida crisis que asola esta segunda década del siglo XXI. Es insostenible, si queremos desarrollarnos como empresa, seguir manteniendo los preceptos utilizados hasta la fecha porque la gran mayoría de paradigmas funcionales ya no son válidos y no sólo a nivel empresarial sino también a nivel profesional.

Y qué nos queda?. Pues nos queda todo un mundo. Nos quedan las emociones y la creatividad, el resurgimiento voluntario y premeditado de las primeras y la aplicación eficiente y efectiva de la segunda. Nos quedan las personas, que han sido siempre las que han dinamizado el tejido empresarial pero que con el tiempo han sido consideradas prescindibles y, en muchas ocasiones, invisibles.

Y nos queda, sobre todo, nuestra persona, uno mismo. Nosotros, los ideadores, creadores y fundadores de nuestro negocio, los emprendedores sin ayuda, los que nos hemos quedado sólo con la alternativa de emprender. Hace sólo unos años se eliminaban personas de los puestos de trabajo, ahora se eliminan puestos de trabajo de las personas y ello conduce a que muchos profesionales se sientan aislados y desplazados de un mercado profesional que antes dominaban y que ahora ha desaparecido.

Es nuestro momento, el momento de las personas y debemos aprovecharlo y defenderlo al máximo porque el futuro de nuestras empresas y el nuestro depende de cómo nos gestionemos a nosotros mismos en adelante.

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