¿Somos prácticos o creemos serlo?

practicos2Porque cuando nos preguntan a conciencia si somos prácticos o no, nos damos cuenta que desconocemos el significado real de ser práctico. Y me refiero a ser práctico como persona, no a si un objeto lo es o no. Entender el sentido de practicidad aplicada al ser humano es ver las cosas de otra forma cuando hablamos de relaciones humanas orientadas a colaboraciones profesionales.

Al preguntarnos no sólo dudamos sino que nuestra mente acude por comodidad al concepto de practicidad en objetos o útiles cotidianos, lo que reafirma nuestra falta de visión del concepto aplicado a las personas. Porque ser práctico no es lo que pensamos, no es saber hacer algo muy bien, rápido y que quede bonito. El sentido real es mucho más intenso y divergente de lo comúnmente conocido como práctico, quizás esa es la razón de su desconocimiento.

Cuando llevamos a cabo una acción para conseguir un objetivo es importante poner en valor el rendimiento que esa acción tiene para nosotros. Pero eso que parece tan obvio por apreciación en realidad no siempre lo es y, en muchas ocasiones, deriva por desconocimiento en un desequilibrio en la balanza del rendimiento.

El rendimiento es la balanza entre las emociones y los intereses económicos, de ahí que haya diferencia entre apreciar qué es ser práctico y entender sus repercusiones. ¿Tenemos ante nosotros la base de las transacciones comerciales? ¿Es la forma correcta de entender cómo debemos relacionarnos profesionalmente como personas y empresa? ¿Es el secreto mejor guardado para ser un buen profesional?

En realidad aprender a manejar la balanza del rendimiento es la forma efectiva de evaluar la idoneidad de emprender una acción. Es cierto que en ocasiones el rendimiento no se obtiene hasta conseguido el objetivo o hasta muy avanzada la acción, caso de no llegar al mismo, pero no es menos cierto que  tenemos la experiencia, esa hemeroteca particular y privada, como referente de casos similares de los que aprender para activar nuestro modo preventivo pudiendo intuir, por aproximación, cómo se va a comportar el rendimiento.

Y como toda balanza hay dos platillos: emociones y economía. ¿Debemos buscar siempre el equilibrio entre ambos? ¿Dependiendo del proyecto, la balanza emocional puede suponernos un rendimiento objetivo? ¿Sea cual sea el proyecto siempre hay que buscar que el platillo de los intereses económicos pese más? Las preguntas son algunas más y las respuestas, menos sencillas de lo que parecen, suelen depender del gestor de la balanza. En realidad lo que hay que buscar es el equilibrio que uno prevé de antemano si acepta emprender una proyecto.

Si tenemos claro hacia dónde se decanta la balanza antes de nuestra inmersión profesional seremos dueños de nuestras acciones

Ser coherente entre lo buscado de inicio y lo obtenido al final marca el equilibrio y el camino a seguir pero la actual situación socio económica y el complicado momento del tejido empresarial hace que germinen los desequilibradores de balanzas, lo que debe incitarnos y casi obligarnos a proteger la nuestra de manipulaciones externas. Si no ponemos en valor nuestro rendimiento difícilmente destilaremos aprecio profesional.

Emprender una aventura emocional desconociendo cómo se comportará la balanza económica es igual de irresponsable que emprender la aventura contraria. Quejarse que el rendimiento obtenido es injusto porque la acción emocional ha devenido en económicamente nula es falta de análisis y no por carecer de rendimiento económico sino por no haberse planteado el comportamiento de ese platillo de la balanza. Igualmente podemos imprimir nuestro sello en un proyecto basado en rendimiento económico y quedar emocionalmente indispuestos al final por adolecer el proyecto de dicho carga.

Pero recordemos, no estamos hablando del proyecto en sí sino del rendimiento que recibimos como persona, de ahí los desajustes. En estos ejemplos no hemos sido prácticos.

Porque la entereza del rendimiento personal se asienta sobre nuestra balanza, somos nosotros los que la calibramos y rendimos según sus medidas. Encontraremos desequilibradores que no sólo intentarán convencernos que nuestra balanza funcionará mejor con sus ajustes sino que incluso querrán facilitarnos los platillos para que los sustituyamos por los nuestros. Es obvio que cualquier manipulación externa altera el calibrado lo que debe reforzarnos, si cabe, en nuestra postura de proteger nuestra balanza.

El calibrado debe ser simple porque las herramientas son nuestras (experiencia, capacitación, compromiso) y los platillos de las emociones y la economía tienen el peso que nosotros le damos en cada proyecto. A partir de ahí decidamos qué queremos obtener del proyecto y veamos si los parámetros del mismo se ajustan nuestra balanza.

Si el proyecto la descompensa, si el responsable del mismo nos coloca sus platillos o si nos falta el contrapeso necesario para uno de ellos, simplemente no nos impliquemos porque los resultados serán, curiosamente, emocional o económicamente desastrosos para nosotros.

Analicemos el proyecto, acudamos a la hemeroteca, calibremos la balanza según nuestros estándares y decidamos según valores resultantes.

¿Somos capaces de poner en valor el rendimiento de nuestras acciones?

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